¿Qué está pasando? En la calle no hay nada.

Soy fluido en tierra inhóspita

Gritan los titulares nueva definición de víctima:

víctima ocular víctima numeral

Víctima de mi piel, es una escafandra

Los vecinos corren por el piso de arriba. ¿Hay comida en la nevera?

Pérdida material. Somos ajenas al sentimiento, calculamos el valor.

Se pierden millones: millones de dinero, millones de ojos, millones de lágrimas

Brotan de mis ojos y se secan

Mi madre me pregunta si estoy bien

Brotan el sudor, las ideas. Y se secan

Los disturbios se extienden, el Gobierno baraja proclamar el estado de excepción

Titular estático, noticia corrida, vistazo rápido

Nadie en las calles, ¿es normal que no haya nadie en la calle?

Sequía en la ciudad

¿Hay alguien en Madrid?

Texto colectivo de Noel Manzano, Julia Fuentes y Olaia Rodríguez

Lo justo

Tenemos lo justo, pero no nos falta de nada. Andrea había crecido con ese mantra retumbando en las paredes de su casa. Lo justo era una forma de referirse a lo mínimo necesario, a lo que alguien algún día había decidido que era bastante para según qué tipo de persona. A ella, sin embargo, lo justo se le atragantaba al salir a la calle, al imaginar otras vidas, al intentar alcanzar lo que sospechaba que jamás llegaría. Había crecido amparada en lo justo: lo suficiente para no quejarse. Espabila, Andrea. Arréglate un poco esos zapatos, que mira cómo los traes. Observó sus zapatos, esos eternos zapatos en los que había nacido y que había empezado a odiar. Llevaba toda la vida plantada en ellos. Le parecían horribles, de discreto negro que al parecer pega con todo, y de uso diario, ni muy elegantes ni muy humildes. Le apretaban al ir cediendo perezosamente a su crecimiento, mucho más expansivo que sus débiles costuras. Pero lo peor era que las suelas estaban agujereadas. Por mucho que limpiase y cuidase la parte visible, ella sabía que sus zapatos estaban rotos. A ojos de los demás se camuflaban en la armonía perfecta de la normalidad. En apariencia, tener lo mismo que el resto era lo justo. Los agujeros en las suelas eran solo cosa de ella, y la discreción y el silencio habían conseguido convertirlos en su vergonzoso secreto.

Siempre con la mirada en el suelo, tenía que cuidar sus pasos mucho más que los demás. No podía pisar charcos ni tierra mojada y caminaba discretamente de puntillas cuando llovía. No podía recorrer largas distancias sin que le dolieran los pies, ni podía, en definitiva, dar un paso sin pensar en cómo sortear la dificultad que escondía. Le condicionaban, lo habían hecho toda la vida. Y ella, acogida en el seno de lo justo no podía quejarse. Al fin y al cabo, parecía que lo importante, la preciosa imitación de piel acharolada, relucía como la de los demás. Se tranquilizaba pensando que algún día se le olvidarían los agujeros, que era una inconveniencia pasajera. Pero cuántas cosas se perdería hasta entonces, cargando siempre ese peso silencioso encima. Tal vez algún día pudiera cambiar de zapatos. No le parecía una opción tan alocada eso de los cambios, aunque ella viviese enfrascada en el estático gris que siempre viste lo heredado y que rueda sobre una línea ya trazada. ¿Para qué seguir cuidándolos, si destrozarlos forzaría el cambio? Los agujeros en las suelas eran solo su problema, pero unas punteras desconchadas y unos empeines agrietados causarían un revuelo público. Su familia, desde luego, no lo permitiría. Y si el mantra era cierto, lo justo sería que a ella no le faltara de nada. Siempre se lo habían repetido.

Ese día decidió caminar por las zonas ajardinadas que todos los días miraba con lejanía, pisando barro que le manchaba los zapatos. Aunque era muy consciente de las miradas condenatorias, las burlas, los comentarios que todo el mundo vertió sobre ella, sintió regocijo ante la idea de destrozarlos y de librarse y liberarse de ellos. Al volver a casa caminó arrastrando los pies y pateó cuantas piedras, palos, hojas y latas encontró a su paso. Su madre la recibió con espanto. Pero ¿qué has hecho? Más enfadada que nunca, le dio un bofetón. ¿Te parece normal tratar así tus cosas? No vas a avergonzar a esta familia, antes de verte así prefiero que vayas descalza. La breve epifanía de libertad se esfumó en ese momento. ¿Por qué a ella le resultaba tan injusto tener lo justo? Salió a la calle a deambular, sola, más sola que nunca. Miraba sus zapatos aún embarrados y maltratados y sentía pena por ellos.

Comenzó a llover cuando se dio cuenta de lo lejos que estaba de casa. Se le empaparían los pies. En cierto modo, se sentía merecedora de un castigo por su comportamiento, así que empezó a caminar cabizbaja, observando cómo sus calcetines absorbían el agua sucia de lluvia. Llegó a un enorme charco que le bloqueaba el paso. ¡Hola! Una voz suave apareció tras ella. Andrea se alejó sin contestar, bordeando el charco, tratando de buscar el punto de cruce de menor riesgo. La voz suave le siguió, burlona. Bonitos zapatos. Andrea se giró enfurecida. ¿Qué quieres? Tras ella, una chica de su edad, calada de lluvia y con un calzado horriblemente desgastado. Ayudarte a cruzar. Andrea no paraba de mirarle los zapatos, se preguntaba si los suyos también estarían agujereados. ¿Y cómo pretendes ayudarme? ¿Vas a prestarme esos zapatos tuyos? No, eso no cambiaría nada. No se trata de los zapatos, ¿sabes? Se trata de ti. ¿De mí? ¡Qué sabrás tú de mí! Sé que te da miedo mojarte los pies cuando ya los tienes empapados; es bastante estúpido eso, ¿no crees? Andrea la miró perpleja. Vamos. La chica agarró a Andrea de la mano y atravesaron el charco, hundiendo en él los pies hasta los tobillos, haciendo desaparecer la visión de esos zapatos siempre presentes. Al pasar al otro lado, desbordaban agua sobre el suelo mojado. Y no era tan grave. Si alguien sabía dominar unos zapatos rotos era ella, y esos eran los suyos y esa su forma de caminar. Alzó la mirada y siguió andando. Y por primera vez, no le dolió. Era lo justo.

Olaia Rodríguez

En silencio fuimos

“…las lesbianas simplemente no existíamos. No concebían que pudiera haber sexo entre dos mujeres sin ningún hombre de por medio. Y esa negación, para las lesbianas, tuvo consecuencias muy negativas. Porque no había referentes. No sabíamos cómo organizar nuestros sentimientos, nuestra forma de vivir nuestra sexualidad.”Empar Pineda (entrevista en El Periódico, 2015)

 En silencio fuimos
 el silencio
 Condenadas al rincón lúgubre
 de la inexistencia
 En la más remota esquina
 de la concepción humana
 dormitaba nuestra libertad,
 no solo de poder
 o de querer,
 sino de ser. De ser.
  
 En silencio ocupamos
 el vacío
 aplastadas bajo el peso 
 de los velos en nuestros rostros
 de los extraños en nuestras camas
 de nuestros vientres en oferta.
 Apuntaladas por la obediencia
 auguramos más,
 quisimos más. Sometidas, quisimos
 negar la servil compañía
 y aliarnos al placer
 de nuestras iguales.
  
 En silencio alzamos
 el grito
 eclosionando esperanza,
 arrasando a destellos desgarrados
 las tinieblas de la negación.
 Y ahora aquí estamos,
 ahora sí somos:
 las incompletas, las degeneradas
 las perversas, las descastadas
 pero somos:
 las valientes
 brotando de la victoria
 de ser mujeres y sabernos amadas. 

Olaia Rodríguez

Viaje en contra

Por Carolina Toledo

Se recuerda a los pasajeros la obligatoriedad de usar la mascarilla en toda la red de metro, así como de mantener la distancia de seguridad con el resto de viandantes, tendiendo especial cuidado con aquellas personas con discapacidad visual.

Ella no se adapta.

No entiende como una vez formó parte del decorado,

como partió en dos su vida de pájaro.

Él extraña su gracilidad y aquella hambre de vida.

Ella apenas ve la sombra del sol que la cegó.

Próxima estación: Ciudad lineal. Correspondencia con línea 5.

 Él era un amante del viento y ella es la hoja al caer.

No es tan raro helarse en la noche de Madrid.

  Ella relata muertes y él finge vanos encuentros.

Atención, estación en curva.

Al salir tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén.

   A él le gusta caminar por el límite,

   ella siempre se siente caer.

  Ella observa en su pie la curva del peligro

 él buscaba el abismo más quebrado,

la dulce violencia,

el efímero espasmo.

Próxima estación. Delicias. Correspondencia con línea 3.

  Hubo un tiempo de engaño y amor

  Sonoros, tan tiernos sinónimos…

¿Qué sería si no aquello tan dulce?

“beber veneno por licor suave”

  ¿Qué sería si no aquel sabor?

No, qué va, un cielo en un infierno no cabe.             

   ¿Cómo se extinguieron los olores?

 ¿cuándo se acabó la adherencia?

Es desamor.

 “Quién lo probó lo sabe”.

Próxima estación. Las Suertes. Final de trayecto.

DESAHUCIO DE UNA MISMA

El sonido del pestillo, de la taza del váter, de su propio vómito. El zumbido de la euforia retando a la culpa en su cabeza. La sensación inconfundible del poderío de quien cree tener las riendas de su vida. Y de repente la angustia, centelleante, de preguntarse ¿y si he perdido el control? Un suspiro, alivio, sé lo que hago, se dijo. No estoy enferma. Viéndolo con perspectiva, sin embargo, se ha dado cuenta de que esta muerte podría haberla escrito García Márquez, la Crónica de una muerte anunciada. En su cabeza los recuerdos gotean precediendo a una inundación sin vuelta atrás. Los aplausos en los conciertos de piano, los diplomas, las comparaciones de las profesoras. Las princesas de Disney con sus zapatos de cristal y sus manzanas envenenadas (los zapatos de cristal te enclaustran y las manzanas envenenadas de matan). Las gotitas de sudor en la frente cada año que se probaba el nuevo maillot frente al equipo.  El año en el que le crecieron las tetas y dejó de compartir las camisetas con su hermana. La palabra gorda rechinando en todos lados, en la televisión, en el colegio, los viernes comiendo en casa de la abuela. Y por dentro la rabia camuflada en odio, rabia de encontrarse en un mundo ajeno a su infancia en el que esa palabra afable había degenerado en una aberración. Yo no quiero estar gorda. Haberse criado en una familia atea no le libró de este dogma, también veneno sublime y corrosivo. Cada verano disfrutaba con menos inocencia los helados. Aquellas Navidades ya no repitió roscón. El café con azúcar cada vez se le hacía más amargo. Y con cada bocado, empezó a notar que su cuerpo perdía ligereza, dejó de sentirlo como hogar alegre mientras se transformaba en una carga, una pesadez subjetiva de las carnes.  Por primera vez comenzó a preocuparle la desnudez, la soltura tibia de sus curvas. Dejó de reconocerse complacidamente en el espejo, y sin embargo se miraba una y otra vez en él anhelando encontrar el fruto ideal de una imaginación forzada.  Fue perdiendo brillo, astillando su cuerpo, despreciándolo y arañándolo como si así pudiese quitarse los kilos que nunca le sobraron. Y para no evidenciar su propia crueldad, aquella perversa batalla contra sí misma, abrazó el hastío profundamente en su interior, retrayéndose. Y sonrió. Con la misma sonrisa de Troya que le mostró a su madre aquel día al salir del baño. Había escupido en el váter  toda la pena y la rabia de sí misma que llevaba en las entrañas, agazapadas como fieras que buscan la salida. Pero por cada fiera que salía entraban nuevas y más monstruosas, más ávidas, más impacientes de salir de un cuerpo en demolición. Una autodestrucción programada, un desahucio de una misma ejecutado para encontrar, en la nueva una misma, una persona más bonita, más exitosa, más feliz. Y en aquella vorágine de vanidad desesperada murió, como Santiago Nasar, mientras la sociedad le gritaba, al otro lado de la puerta, adelgaza, ¡adelgaza!

Julia Fuentes

Diástole/Sístole

Cuando ya nadie moría por amor

ni por cambiar el mundo

No tengas miedo a los relojes,

(escépticos ante los estremecimientos de la piel

y las abyecciones del poder)

son nuestro tiempo;

este pequeño retrovirus,

de la familia de la varicela

y de la gripe

entrometido en la sangre

como en las sábanas,

el tiempo ha sido tan generoso con nosotros.

mezclado con las lágrimas escasas

y los sudores lentos

Imprimimos el tiempo con el dulce sabor de la victoria.

parásito de los besos castos

como de los perversos

Conquistamos el destino al encontrarnos

mudo y escondido

        traicionero morador de nuestras células

en un TIEMPO concreto en un espacio concreto.

instala otra vez la muerte

Somos producto del tiempo, por tanto,

rendimos cuentas a lo que nos debemos: tiempo.

entre los escépticos

entre los cómodos

y los cautos.

 Estamos sincronizados, ahora y para siempre.

         Ah, el peligro de amar lo desconocido

–y en efecto: ¿quién nos conoce?     

¿quién nos es conocido?–

         tan intenso, ahora,

como cambiar el mundo.

Te quiero.

[Cristina Peri Rossi – Un virus llamado Sida (Otra vez Eros, 1994)

Félix González-Torres – Lovers, 1988 (traducción) + «Untitled» Perfect Lovers]

Olaia Rodríguez

EMILIA, UN CHIVITO Y UNA SILLA

Hyuro, Monterrey, México, 2014

Emilia caminaba por el lado de la sombra. Cuando se sintió tranquila y feliz con el color amarillento de la fachada de una casa, bajó la silla de su hombro izquierdo y al chivito de su brazo derecho y colocó la silla con cuidado sobre la acera para ver pasar los autos y las personas mientras comía. Ató al chivito a la silla y se sentó. Sacó de su bolsa un burrito, bien envuelto en plástico, todavía tibio, y lo abrió. El aroma de la tortilla de trigo, de los frijoles, el queso y la salsa verde picante le inundó la cabeza. El chivito se entusiasmó. Emilia partió un pedazo y lo puso frente a las patas de aquel animal rumiante, que lo devoró de un bocado y baló porque se había enchilado y porque se le había terminado el manjar. Y a Emilia le dio mucha risa y soltó varias carcajadas porque el chivito se había terminado su parte del burrito sin haberla saboreado y ella, en cambio, tenía todo su pedazo intacto, perfecto. Pobre chivito, no aprende, pensó. Y con mucho cuidado fue masticando cada bocado. Y algunos conocidos la saludaban. Hola, Emilia, buen provecho. Y ella sonreía con aguacate en la sonrisa. Y le daba mucha risa que no podía hablar, así que subía una mano para cubrirse la boca y otra para saludar. Cuando acabó con el burrito se tomó unos minutos para mirar la calle. Pasaban coches de todos tipos, casi siempre destartalados: con los faros rotos y los parabrisas cuarteados. Cajuelas saltarinas amarradas con cuerda. Llantas parchadas y reparchadas que rodaban muy bajito. Bicicletas viejas, de esas que hacen mucho ruido y a las que se les ve el óxido. Hombres y mujeres con agujeros en las camisetas. Todos sudando. 

Emilia sentía gran sopor cuando un coche se estacionó cerca de ella, bajo la sombra de un árbol. Vio al conductor reclinar el asiento un poco, bajar la ventana y encender la radio. Una voz profunda anunció a todo volumen: ¡En Nuevo León se baila la cumbia!, seguida del sonido de un güiro metálico. Emilia comenzó a mover su piecito para arriba y para abajo. Tip tap al ritmo de la música. El acordeón viajó por el aire. Algunos coches empezaron a mover la cintura de a poquito. Los peatones también. Las bicicletas a zigzaguear. Emilia se levantó de su silla y contoneó las rodillas de arriba para abajo. Un conocido la saludó, ¡Ea, Emilia! Se rieron ambos y a lo lejos el chico alzó un pulgar hacia el cielo. Emilia acarició al chivito que balaba. Luego se paró sobre la silla y se contoneó de lado a lado. Los peatones la veían y le copiaban los movimientos. Una muchacha vestida con tirantes y pantalones anchísimos se le acercó y bajó y subió y quebró su cadera hermosa y la enderezó como si fuera contorsionista. Emilia rió maravillada y unos cuantos que pasaban por ahí le aplaudieron a la muchacha. El joven del auto le subió el volumen a la cumbia. Y los peatones dejaron de caminar, se quedaron alrededor de la silla, de Emilia y de la contorsionista. La música les ablandó el cuerpo y también comenzaron a bailar. A los cinco o seis se les unieron otros siete u ocho. El muchacho abrió todas las ventanas de su coche y le subió aún más a la música. De las casas aledañas se asomaron cabezas. Algunos vecinos se unieron en el movimiento. Solo uno gritó que le bajaran, pero se rieron de él porque justo en ese momento la canción le contestó: ¡En Monterrey se baila la cumbia! Los agujeros de las camisetas rotas subían y bajaban. Los cuerpos se rozaban levemente. Cuerpos sudorosos y desconocidos que se acercaban. El muchacho de la música se sintió DJ y a esa primera canción le siguió otra y otra más. A los coches ya les costaba pasar. Pronto se corrió el rumor en el barrio de que en aquella calle se había organizado un sonidero. Era la hora de la salida de las secundarias y muchos chicos en uniforme escolar se acercaron. Se las ingeniaban para bailar con sus pesadas mochilas en la espalda, un reto para el equilibro en los pasos de más velocidad. Se organizaron duelos de baile. Unos señores abrieron la cajuela de su coche y comenzaron a vender cervezas frías. Y a las pocas horas, la calle estaba a reventar. Alguien había traído unos altavoces industriales. Todos bailaban sudando. Algunos con pasos descoordinados. La gente había bebido demasiado. Los chicos también. Los señores de los tacos de canasta habían hecho su agosto en un par de horas. Ni un taquito sudado de papa quedaba en su canasta. 

Y de pronto se escuchó un grito agudo y fuerte. Y le dijeron al DJ que parara la música. Y algunos se molestaron cuando se escuchó silencio por primera vez en varias horas. ¡Súbele, no seas cabrón!, gritó uno. ¡Sí, culero, súbele! Y los gritos se hicieron más fuertes y hasta los borrachos se espantaron, menos uno al que le dieron risa los gritos. Y Emilia acarició a su chivito que estaba muy alterado por el ruido. Se sentía atrapado contra esa pared. Baló con desesperación y Emilia le hizo sonidos con la boca y lo abrazó del cuello. Después, se subió a su silla para ver si alcanzaba a ver de dónde venían los gritos despavoridos. Vio, del otro lado de la calle, en la otra acera, un círculo que se abría y gente que se empujaba. ¡Fuiste tú, cabrón! ¿Qué le hiciste a mi novia? Y otros gritaban ¡Hay que darle! ¡Para que aprenda! Y un muchacho muy moreno gritaba ¡Yo no hice nada! Pero no le creían. Y uno le dio un puñetazo en la cara. Y Emilia se llevó las manos a la boca. Y otro le dio un tirón de los pelos. Y su cara manchada de rojo gemía de dolor. Y Emilia cerró los ojos aterrada. Y pensaba en su chivito debajo de ella, atado a la silla, balando nervioso. Y Emilia se preguntaba qué le habría pasado a la chica y por qué nadie estaba con ella. Y si ese muchacho al que estaban golpeando decía la verdad, o aún si mentía, por qué lo estaban golpeando. ¡Por qué la tocaste, qué le hiciste, cabrón! Los ánimos se agitaban aún más. Y la chica ya no gritaba. La gente sudada y borracha se balanceaba y se le arrastraban las palabras. ¡Ey, cálmense todos!, gritó un señor. El novio lo volteó a ver y le dijo que no se metiera y le escupió al muchacho moreno en la cara. Una señora dijo que por favor pararan esto. Todos la ignoraron y siguieron golpeando al muchacho. La gente se quedaba mirando. Algunos se agarraban la cara para no ver y otros se reían y otros hacían apuestas de si lo iban a matar o no. Emilia subida en la silla no escuchaba más nada porque se le habían saturado los oídos. Primero vio una luz azul y roja a lo lejos y luego pudo escuchar la sirena. ¡Se me pelan todos que ya vienen refuerzos del ejército!, se escuchó por el megáfono. Y la gente empezó a correr. El chivito jalaba la cuerda con fuerza y casi tira de la silla a Emilia, que se aventó hacia el suelo para resguardar al chivito que daba patadas y balaba. Recargó el mentón en el cuello del chivito, lo abrazó con todo su cuerpo y luego hundió su cara en el pelo del animal y cerró los ojos unos segundos. Cuando levantó la mirada, ya no había nadie en la calle. Solo pudo ver un par de militares arrastrando por las piernas el cuerpo del muchacho moreno. Su cabeza rebotaba sobre el pavimento y Emilia exhaló un sonido de terror. Un militar la vio a ella y le sonrió y le guiñó un ojo mientras arrastraba el cuerpo del muchacho. Lo subieron a un camión verde y se fueron. La calle quedó desierta salvo por Emilia y el chivito. Y nadie más atestiguó ese momento vacío en el que solo podían verse decenas de latas de cerveza aplastadas y sangre muy oscura regada por el suelo.

Denisse Gotlib

enero de 2020

PENSAMIENTOS SECOND HAND

Hoy toda la ropa a un euro en Humana Second Hand.

Adoro las tiendas Humana, al mismo tiempo que me hacen sentir escalofríos. Pienso en ellas y un sudor frío me recorre la espalda, como al alcohólico se le eriza el vello cuando al salir del curro alguien dice… ¿quién se apunta a tomar algo? Esa sensación de vértigo de quiero, pero no debo, pero quiero y siempre, siempre, siempre gana el quiero. Así adoro yo las tiendas Humana Second Hand.

La ropa no es barata en Humana. Pero cada dos meses, con milimétrica y estudiada regularidad, comienzan las ofertas. Primero al 50%. Después, todo a cinco euros… Y así empieza una caída libre, en picado, sin freno, cuatro, tres, dos, uno, hasta el día, el ansiado día, en que TODO, y digo TODO con mayúsculas, cuesta exactamente un euro la unidad.

Mientras camino hacia el Humana más cercano, sonrío, y me hace chiribitas el corazón. Voy ligera, con alas en los pies, dejando lejos, muy lejos, los curros de mierda, los gritos del jefe, la falta de sueño, la falta de sueños. Me detengo en la entrada durante un segundo, anticipando el placer. Grandes carteles amarillos confirman lo que llevo semanas esperando: TODO A 1 EURO. Me deleito en su contemplación. A través de los cristales del escaparate veo bullir el interior. Está clamorosamente lleno. Veinte, tal vez treinta personas  rebuscan entre las prendas, apenas queda espacio entre ellos, muy cerca las cabezas y las manos casi tocándose. Incluso desde fuera puedo sentir su ansiedad, sus ojos brillantes, su adrenalina. Todo a un euro, dicen sus caras de sol radiante, sus manos con el ligero temblor del adicto sosteniendo, sopesando, sobando, comparando, acariciando, desdeñando.

Respiro hondo y penetro en ese pequeño templo secretos placeres. Me abro un hueco entre las espaldas ansiosas vueltas hacia los colgadores. Las tiendas Humana son como mundos en miniatura. Allí conviven, en ese microuniverso, camisetas deshilachadas que alguna vez fueron las predilectas de alguien que decidió que ya no daban más de sí, pantalones que esperaron en el armario hasta que el dueño comprendió que jamás adelgazaría lo suficiente, chaquetas de lujo con imborrables manchas de café, abrigos ajados, jerseys regalados por madres obsesionadas con el frío invernal pero ignorantes absolutamente del gusto estilístico de su progenie, zapatos demasiado estrechos, o demasiado grandes, o demasiado gastados para poder llevarlos, shorts de mírame y no me toques, prendas de lentejuelas que se lucieron en la nochevieja de hace diez años, bufandas que alguien tejió con sus propias manos, vaqueros que nadie se puso nunca de tan preciosos que eran, sudaderas cuyo dueño guardó durante años pensando que siempre podría usarlas para estar en casa pero que jamás abandonaron el fondo del cajón, vestidos de lujo con la etiqueta del precio todavía colgando.

Todo, lo viejo, lo nuevo, lo joven, lo anciano, lo barato, lo prohibitivamente caro, lo de Lacoste, lo del mercadillo, lo hípster, lo rancio, lo hortera, lo de etiqueta, lo de sport, lo extraño, lo sexy, lo atemporal, lo deshilachado, lo absurdo. Todo cohexiste, todo convive en Humana Second Hand. Y mientras pienso voy recolectando prendas, prendas, prendas. Creo que ya llevo cuatro, no hace falta probarlas, todo a un euro, por un euro que más dará, si no te sirve se tira, es tan escandalosa y deliciosamente barato, no hace falta probarlo, no se puede probar, los probadores están cerrados el día de todo a un euro, demasiada gente, demasiadas ansias, demasiado sería poder probárselo, las colas serían interminables, y yo ya llevo 7 prendas o tal vez sean 10, no podría asegurarlo.

A veces encuentras algo de marca, algo bueno, algo de calidad, y entonces no te lo piensas, lo coges, aunque sepas que tu pierna jamás podría caber en esa pernera, pero lo coges, porque es de marca, porque es bueno, porque es de calidad y de algo servirá, tal vez para regalo, y si no pues siempre puedes tirarlo, porque total cuesta un euro, ¿qué es un euro?, siempre lo podrás tirar, pero es de marca. Porque también hay marcas en Humana Second Hand. Normalmente las encontrarás en lo que ellos llaman “Selección Humana”, y las venden caras, porque son de marca, y siempre hay clases, claro que sí, siempre ha habido clases, también en el microuniverso de Humana Second Hand, las marcas Versace, Roberto Verino, Desigual, Levis, Morgan de toi, con su etiqueta negra, porque lo de marca tiene la etiqueta negra, no verde como la de la morralla, esa ropa de cuyo fabricante nunca nadie ha oído hablar. Pero cuando el día de “todo a un euro” la Selección Humana también está a un euro, y poco importa que antes marcara 30, poco importa si alguien pagó por determinada prenda un vez 200 euros, o 300, o 3000 euros, poco importa, porque ahora todo a un euro y lo barato y lo caro se juntan en el mismo burro o en cajones o por los suelos.

Porque cuando todo es a un euro en Humana Second Hand, las prendas caen al suelo, reflexiono mientras rebusco, creo que ya llevo 12 prendas, pero puede que sean más, seguramente lo sean, pero doce euros, quince, ¿qué es eso?,  me lo puedo permitir, y contemplo las montañitas de ropa caída bajo los percheros,  ya son pequeños accidentes geográficos, y pienso solamente son las 12 de la mañana, la tienda lleva abierta dos horas y ya hay accidentes geográficos de blusas, bragas, echarpes, gabardinas, camisas, pantalones de pata de gallo, y digo qué desastre y miro a las chicas, a las empleadas y pienso con desdén ya podrían recogerlo porque hay que ver qué mierda. Las empleadas son todas chicas, por cierto, es muy femenino el microuniverso de Humana Second Hand, empleadas y clientas casi todo, también hay clientes, hombres mayores, en su mayoría, de movilidad lenta y canas y cara de tristeza, es curioso, las mujeres no parecen tristes en Humana Second Hand y creo que ya llevo casi veinte prendas y me pesan los brazos y se me enganchan las prendas pero total veinte euros, y hasta dentro de dos meses no volveré a tener esta oportunidad, todo a un euro, me aguantan los brazos, me aguanta el bolsillo, total, si no me sirve siempre lo puedo tirar, y de nuevo contemplo las montañas de ropa, las prendas amontonadas y no puedo dejar de pensar en un holocausto de prendas, incluso en un holocausto de gente, es difícil mirar ropa sin pensar en la gente que ha estado o que podría estar dentro y miro las cordilleras de ropa tirada y veo cuerpo hacinados y me digo vaya pensamiento pero a fin de cuentas un holocausto es algo profundamente humano y no hay nada más humano que Humana Second Hand, un mundo en miniatura.

Y observo las manos ansiosas que agarran las prendas como garras, y mis propias manos son como garras, y ya llevo ¿cuántas prendas?, ya ni sé. A mi lado una mujer atesora zapatos de tacón con los que nadie podría caminar más de 20 minutos seguidos y una chiquilla zarandea una pila de abrigos vintage, y mientras yo misma rapiño entre la caja de calcetines escucho a un hombre mayor, como todos los hombres que compran en Humana Second Hand, diciendo, pero a ver cómo es posible que no recojáis la ropa, muchacha, que lo tenéis todo hecho un cristo, y después de una pausa responde una voz hastiada, agotada, sin duda es una dependienta, que dice nosotras lo recogemos, siempre estamos recogiendo, pero cuando está todo a un euro la gente ya no pone cuidado, lo  tira al suelo, no nos da tiempo a volver a ordenar, de verdad, caballero. No sé, cuando la ropa está tan barata la gente la trata mal.

Cuando la ropa está tan barata la gente la trata mal, decía la chica y por un instante la pila de prendas que acarreo en mis brazos, creo que veinticinco ya, me pesa como si se hubiera transformado en plomo y pienso que dentro de dos horas tengo que estar en uno de los curros, porque tengo más de un curro porque es la única manera de salir adelante, y por un instante vuelvo a escuchar los gritos de mi jefe y pienso en que hace tres años cobraba a 7 euros la hora y que ahora solo cobro cinco, pero es que no da la economía y era eso o no pagar el alquiler y de nuevo oigo  los gritos y un sudor frío me recorre la espalda, cuando la ropa está tan barata la gente la trata mal.

 Pero respiro hondo, aparto el pensamiento,  sonrío y rebusco, porque todo está a un euro y hasta dentro de dos meses no volveré a tener esta oportunidad y buena gana amargarme pensando, para eso vengo aquí, para no pensar, para no amargarme,  y a fin de cuentas todavía puedo permitirme ir a las tiendas de Humana Second Hand y gastarme 30 euros en ropa o llevaré ya 33 y nada ni nadie me va a arruinar este momento, y me sumerjo en un pequeño accidente geográfico de faldas y corsés. Total, si no me sirven siempre los puedo tirar, por un euro…

DOLORES GARAYALDE

La última cena

Mi madre se marchó el 17 de febrero. Su huida no fue una huida premeditada, argumento yo siempre que sale el tema. No. Su huida fue de la única que podía haber sido: sutil, silenciosa, inesperada pero tremendamente cotidiana. No revolvió armarios ni desempaquetó álbumes de fotos, no pintó huellas de resentimiento por la pared ni dejó como recuerdo su último táper de lentejas. Simplemente se marchó: era jueves y, después de salir de trabajar, no se desvió en la salida 24, sino que continuó como por inercia el camino de la autopista. Sonaba de fondo la canción nueve del disco de Luz Casal cuando pasó por la desviación sin leer el cartel, como si ese camino nunca hubiese sido para ella un hábito, como si no supiera que tres personajes anónimos y un poco tragicómicos la están esperando para cenar. La huida de mi madre fue de la única forma que podía haber sido.

Mi padre me responde siempre a esto sin voz desde el otro lado de la mesa: la cabeza agachada, la negación intermitente. No puedo creerlo, está diciendo con los ojos que no puedo ver, los ojos que miran el plato naufragado por los restos de las lentejas veganas que ha hecho Marta sin mucho éxito. Ella siempre apunta que mamá no se fue: simplemente no volvió. Entonces, desarrolla su teoría: la huida es premeditada, visceral, rencorosa, y mamá no era así, era prudente hasta para recrear la escena más dramática de nuestras vidas. Papá aquí siempre se ríe con dolorosa ironía. Marta le contesta con un tono crítico que se acabe rápido las lentejas. Yo concuerdo a medias con la Teoría de la Huida (así es como la hemos apodado): creo que mamá se fue porque decidió que no podía quedarse, porque se estaba consumiendo. Hacía tiempo que pasaba desapercibida, era una sábana con curvas que se movía por las habitaciones, una presencia que esperaba ser despertada en algún momento, sacudida por la novedad, sorprendida por un beso con intenciones, por un apretón de manos. Sin embargo, creo que mi madre no pensaba irse sola. En ese momento mi padre siempre alza la vista, nunca antes, nunca después. Mamá era preciosa en todos los sentidos (continúo aunque nadie me haya preguntado): guapa y servicial, era tan preciosa que hasta me dolía pensar que era lo más cercano a la perfección que yo había conocido. Pero no era valiente, eso lo sabemos todos. No sabía hacer las cosas sola, indirectamente buscaba la aprobación de alguien, normalmente de Marta (mi hermana, entonces, se retuerce en la silla), quizá de la tía Silvia, o del abuelo cuando vivía. Creo que nunca tomó una decisión imprudente sin un cómplice: esta no iba a ser diferente.

Convivimos un rato con el silencio mientras mi padre sirve el postre y nosotras recogemos los platos sucios y los apilamos en el lavabo. Marta abre, sin mirarme, el turno de preguntas: ¿papá, tú crees que se fue sola?, ¿te dijo algo?, ¿te lo esperabas? Estas cosas se esperan, ¿no? Las confusiones se acumulan en la cabeza de mi hermana y en los oídos de mi padre. Yo me limito a negar con la cabeza, con el cuerpo entero, me retuerzo de muda frustración sentada en la silla. Ella continúa casi sin signos de puntuación: tú siempre has observado a mamá, la observabas desde todos los ángulos. Yo te veía mirarla, escucharla, descifrarla a través de los sentidos (mi padre la mira con los labios apretados, como obligándose a no decir nada): sabías si estaba feliz por el disco que escuchaba después de la ducha o si había perdido a un paciente cuando limpiaba los cristales del salón más de dos veces. Tú la mirabas… ¿por qué no la viste marchar? A veces mirar no basta, Marta. Es lo que deseo que salga de la voz muda de mi padre, pero en su lugar es mi voz la que se adelanta, la que resuena, la que retumba en los tímpanos de la concina y en las esquinas más profundas de mi padre, que ahora me mira a mí fijamente. Es verdad: papá y mamá se miraban, se intuían, se conocían, pero se familiarizaron demasiado con la neutralidad. ¿Hace cuánto que no llenaban la habitación con un abrazo, con una enhorabuena o una despedida sonora? Más aún: ¿hace cuánto que no se daban la mano? ¿Es que alguna vez os habéis dado la mano? Le pregunto ahora a él, directamente. Me responden ambos con silencio como pidiéndome, por primera vez, que siga: de pequeña siempre tenía envidia de mis amigas porque sus padres caminaban cogidos de la mano. Pero no como un agarre dulce y sudoroso, sino como un baile, un ritual, un gesto independiente del resto del cuerpo. Se entrelazaban algunos dedos mientras miraban a partes opuestas de la calle o vigilaban que la altura del tobogán no fuera excesiva. Estaban en contacto, como en constante pertenencia, casi hablando en braille, y yo creo que vosotros hace tiempo desaprendisteis el lenguaje de los ciegos.

Mi padre, siempre en ese momento, siempre al final, sonríe. Sonríe con la nostalgia y el arrepentimiento entre los labios, sonríe como un signo de exclamación que cierra la última escena de una obra, y nos tiende suavemente la mano. Así, los tres, agarrados y sentados en la mesa, esperamos. Esperamos como hemos aprendido a esperar; esperamos como cualquier jueves que esta escena abocada a repetirse, se interrumpa, algún día, por el sonido acompasado de las llaves. Después, algo suena detrás de la puerta.

Sara Sánchez Nistal

Solo ser

Quisiera que mi cuerpo no tuviera forma

borrar los contornos que me delatan

dejar de significar

dejar de encajar

y solo ser.

Quisiera ser una mancha sobre negro

una gota superflua y camuflada

dejar de ser opinada

dejar de ser mirada

y solo ser.

Quisiera ser solo persona

no tener ni tener

que tener

Quisiera ser solo,

indistinguible

Quisiera ser,

solo

ser

Olaia Rodríguez